sábado, 23 de enero de 2010

Las acuarelas de Quidico.



Vuelvo a Quidico cuando la mañana se anuncia tras las colinas. Las brumas se cobijan aún entre las casas y la luminosidad invade la enorme playa que se convierte en una vibrante y traslúcida paleta de colores. Del aletargado pueblo nada se escucha porque el mar juega con la luz y con el rumor acompasado del agua. El ritual de la vuelta al territorio (como lo describía el filósofo Deleuze) es una cantinela o un estribillo. Para mí es un paseo por la playa. Pero en realidad me doy cuenta que esa caminata se acompaña siempre de esa musicalidad de las olas.
"Aguas solas" sería el nombre del lugar en mapudungún. La melodía que emerge de esas aguas es como un canto, un ruego a los hombres para que sepamos respetar y proteger las acuarelas de su música.

sábado, 16 de enero de 2010

Canción al puerto que amarra como el hambre.


El restaurant estaba casi vacío en aquel principio del verano. Los mozos iban y venían indiferentes mientras que los cantantes repetían por la énésima vez el estribillo a los parroquianos somnolientos y a una pareja de turistas que, en la mesa del lado, poco comprendía el idioma y lo representaba aquel vals popular. Dos cantantes payaseaban mimando la canción y un viejito de negro medio ciego que punteaba virtuosamente una vieja guitarra "apastillada" con un micrófono estridente. Pero la magia estaba allí, la armonía también. Y aquel canto a Valparaíso parecía un extraño lamento escondido detrás esa falsa algazara, de ese estridente regocijo. De pronto la canción me pareció profundamente triste y desesperada: "..pero este puerto que amarra como el hambre, no se puede vivir sin conocerlo..." entonaban riendo los artistas.
Y pensé entonces en todos los puertos, en todas las caletas y las playas y los acantilados del Sur, que se dejan atrás pero que nos amarran tal como aquel puerto irreal de la canción, puerto de quimeras y de sueños que los viajeros del mundo entero esperan algún día venir a conocer y que nosotros preferimos ignorar.
Pagué y me fui.

lunes, 11 de enero de 2010

La playa desierta de Quidico: aterrizaje viento de frente.


Aprovechando la ausencia de las ruidosas motos y de otros vehículos a motor que destruyen la playa y los médanos, el piloto aterriza frente al mar bajo el rumor persistente de las olas. Sólo las gaviotas asisten impávidas y presumidas a la llegada del volátil de cuerdas y de tela, y se alejan engreídas dejando a su paso sobre la arena la trípode marca de sus huellas. La tarde se escurre más allá de la Isla Mocha y el sol hace bordados de espuma y encajes en el filo de las olas. Dos o tres niños se detienen a mirar un instante desde el camino, curiosos, y luego se alejan hacia el pueblo sin comprender el mágico momento que el piloto pretende guardar para siempre en su memoria: haber volado en Quidico.

viernes, 31 de julio de 2009

Los atardeceres en la playa.


Cuando los escasos paseantes abandonan la playa y cuando los pescadores recogen sus redes podemos admirar los colores rosados que tiñen la arena que ondula como un trigal en el viento. Las casas de Quidico se iluminan y muestran su mejor rostro al caminante que atina a quedarse algunos momentos sobre el espejo de la arena.

lunes, 13 de abril de 2009

Arriba en la cordillera con Bob, y otros amigos...



La magia de la Internet me acompaña y descubro en este recóndido valle de la cordillera una canción revisitada por admirables intérpretes que la cantan a partir de sus lugares de origen y a veces con recursos precarios. Un canto lejano que viaja a través las distancias y se va construyendo con una multitud de voces hasta convertirse en un mensaje. La idea me parece simple y por lo mismo admirable: sin caer en la sensiblería ordinaria me parece algo percutante a poner en relieve en los tiempos que corren.


Y después me dije que este otro video iba a completar el momento de regocijo que nos hace avanzar para hacer que este mundo sea más humano y con menos injusticias.

domingo, 12 de abril de 2009

A la vista de los volcanes

El volcán Choshuenco se mira en el espejo del Panguipulli y señala los límites de las aguas que se precipitan hacia el Sur. A sus pies se adivina el Pirihueico y más al Norte el valle de Liquiñe último escalón que lleva hasta Carirriñe y la Argentina. Largo trecho queda, pienso. Sale a encontrarme el Villarrica que humea silencioso con la cuiquería a sus pies. Sabe que a sus espaldas la gente humilde vive sin apuro, trabaja simplemente y espera que le Ngenchén proteja los sembrados y a las comunidades de los destellos del oropel globalizado y del despilfarro del liberalismo desenfrenado. Me adentro un poco más y el bosque nativo me recibe verde, profundo, y me suaviza el corazón.

A Liquiñe bajan los sueños

Saliendo de Liquiñe a una veintena de minutos a pie por un camino de tierra, en las colinas que bordean al pueblo se pueden encontrar varias termas de agua caliente (60 grados)Al entrar en la piscina solitaria observo entre los cerros de la enorme cascada que parece brotar del cielo. La montaña entera se escurre en el valle y las aguas se pierden hacia el lago Neltume anunciando la noche.
Espero largos momentos sumergido en las aguas volcánicas y cuando las sombras invaden el lugar intento volver empapado de estrellas y de imágenes. Un inmensa fatiga me invade y desciendo el camino ayudado por las luciérnagas de Liquiñe que parpadean indicando la senda de los sueños que bajan también de Carirriñe.