lunes, 11 de enero de 2010

La playa desierta de Quidico: aterrizaje viento de frente.


Aprovechando la ausencia de las ruidosas motos y de otros vehículos a motor que destruyen la playa y los médanos, el piloto aterriza frente al mar bajo el rumor persistente de las olas. Sólo las gaviotas asisten impávidas y presumidas a la llegada del volátil de cuerdas y de tela, y se alejan engreídas dejando a su paso sobre la arena la trípode marca de sus huellas. La tarde se escurre más allá de la Isla Mocha y el sol hace bordados de espuma y encajes en el filo de las olas. Dos o tres niños se detienen a mirar un instante desde el camino, curiosos, y luego se alejan hacia el pueblo sin comprender el mágico momento que el piloto pretende guardar para siempre en su memoria: haber volado en Quidico.

viernes, 31 de julio de 2009

Los atardeceres en la playa.


Cuando los escasos paseantes abandonan la playa y cuando los pescadores recogen sus redes podemos admirar los colores rosados que tiñen la arena que ondula como un trigal en el viento. Las casas de Quidico se iluminan y muestran su mejor rostro al caminante que atina a quedarse algunos momentos sobre el espejo de la arena.

lunes, 13 de abril de 2009

Arriba en la cordillera con Bob, y otros amigos...



La magia de la Internet me acompaña y descubro en este recóndido valle de la cordillera una canción revisitada por admirables intérpretes que la cantan a partir de sus lugares de origen y a veces con recursos precarios. Un canto lejano que viaja a través las distancias y se va construyendo con una multitud de voces hasta convertirse en un mensaje. La idea me parece simple y por lo mismo admirable: sin caer en la sensiblería ordinaria me parece algo percutante a poner en relieve en los tiempos que corren.


Y después me dije que este otro video iba a completar el momento de regocijo que nos hace avanzar para hacer que este mundo sea más humano y con menos injusticias.

domingo, 12 de abril de 2009

A la vista de los volcanes

El volcán Choshuenco se mira en el espejo del Panguipulli y señala los límites de las aguas que se precipitan hacia el Sur. A sus pies se adivina el Pirihueico y más al Norte el valle de Liquiñe último escalón que lleva hasta Carirriñe y la Argentina. Largo trecho queda, pienso. Sale a encontrarme el Villarrica que humea silencioso con la cuiquería a sus pies. Sabe que a sus espaldas la gente humilde vive sin apuro, trabaja simplemente y espera que le Ngenchén proteja los sembrados y a las comunidades de los destellos del oropel globalizado y del despilfarro del liberalismo desenfrenado. Me adentro un poco más y el bosque nativo me recibe verde, profundo, y me suaviza el corazón.

A Liquiñe bajan los sueños

Saliendo de Liquiñe a una veintena de minutos a pie por un camino de tierra, en las colinas que bordean al pueblo se pueden encontrar varias termas de agua caliente (60 grados)Al entrar en la piscina solitaria observo entre los cerros de la enorme cascada que parece brotar del cielo. La montaña entera se escurre en el valle y las aguas se pierden hacia el lago Neltume anunciando la noche.
Espero largos momentos sumergido en las aguas volcánicas y cuando las sombras invaden el lugar intento volver empapado de estrellas y de imágenes. Un inmensa fatiga me invade y desciendo el camino ayudado por las luciérnagas de Liquiñe que parpadean indicando la senda de los sueños que bajan también de Carirriñe.

jueves, 9 de abril de 2009

Viaje al inicio del agua


Y salí a caminar hasta el origen del agua. Me adentré por senderos donde el mañío de mi infancia ornaba con lenguitas de plata los ulmos taciturnos cargados de miel blanca, huallis con voz destemplada me llamaban de la espesura y oscuros avellanos desgranaban rojas lágrimas que corrían cuesta abajo hasta las cunetas humedas de los caminos. Copihues saltones estallaban entre las lianas y las quilas. Y el agua se acumulaba en el alma y en los pies. Se escurría cerro abajo y se vertía en el espejo del cielo, esperándome, lamiendo la ribera volcánica del Calafquén. Fuego de roca y ceniza incandescente que durante siglos se extasia sobre la arena negra de explosiones ancestrales. Coñaripe se despierta y a lo lejos los conas desaparecen en silencio subiendo entre los árboles hacia el volcán que ronronea como un gato dormido.

domingo, 22 de marzo de 2009

El barroco taciturno y el plato que se enfría


Sentado ya, solo en el restaurante, frente al mariscal caliente el silencio me invade, confundido, porque quisiera describirlo a la manera de un Lezama Lima que era capaz de describir en páginas barrocas enteras un plato de langostinos y para mí es tan difícil alinear dos palabras seguidas que prefiero callar.
(...Hizo su entrada un segundo plato en un pulverizado soufflé de mariscos, ornado en la superficie por una cuadrilla de langostinos, dispuestos en coro, unidos por parejas, distribuyendo sus pinzas el humo brotante de la masa apretada como un coral blanco. Una pasta de camarones gigatomas, aportados por nuestros pescadores. Formaba parte del soufflé un pescado llamado emperador que Doña Augusta solo empleaba en el cansacio del pargo cuya masa se había extraído en círculos luego en hebras, langostas que mostraban el asombro cárdeno con que sus caparazones habían recibido la interrogación de la linterna al quemarles los ojos saltones, un plato de lograda apariencia semejante a un flamígero, muy cerca ya de un barroco, permaneciendo gótico por el horneo de la masa y por las alegorías esbozadas por el langostino...)JOSE LEZAMA LIMA, Paradiso, Alianza Tres, Madrid, 1988.

- Ya, pues - interrumpió mis reflexiones la señorita que atendía- No se me quede ahí mirando el mariscal como si no supiera comer...¿No ve que se le va a enfriar? - y se alejó moviendo la cabeza, murmurando algo sobre los clientes lunáticos.